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De la encíclica Laudato Si al Sínodo de la Amazonía
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Esta afirmación es contundente y no deja lugar a dudas sobre la importancia de este Sínodo para toda la Iglesia y, al mismo tiempo, establece la relación de este territorio Amazónico con el futuro del planeta, por el modo en que el propio Papa lo conecta de manera directa con su revolucionaria encíclica sobre el cuidado de la casa común. Francisco continúa diciendo que estamos en “una situación de emergencia mundial. Nuestro sínodo será de urgencia”. 

 

Sin un conocimiento real de la encíclica Laudato si será imposible comprender el Sínodo Amazónico y sus reales implicaciones, y, en el sentido opuesto, es necesario adentrarse en la experiencia sinodal sobre la Amazonía, aún en proceso, para reconocer una de las más importantes concreciones de esta Encíclica social sobre el cuidado de la casa común. Lo dicho por el Papa expresa que en la dupla encíclica-sínodo está una de las rutas actuales más contundentes para la Iglesia ante la crisis climática global.  

 

Expresión paradigmática

El papa Francisco se caracteriza por acompañar con gestos concretos sus intuiciones y orientaciones, así que el Sínodo especial que aparentemente ha estado enfocado en un territorio específico, es, en realidad, una expresión paradigmática de lo que significa el llamado urgente e impostergable por el cuidado de la casa común para todo creyente y para toda persona de buena voluntad, a partir de un territorio específico que habla de lo local y de lo global simultáneamente y de modo interconectado. 

 

En estos días el Papa presentará su Exhortación sobre el Sínodo Amazónico, y entonces todo el proceso de escucha, discernimiento y definición de nuevos caminos se tornará en -magisterio-, es decir, lineamento explícito e ineludible para toda la Iglesia y sus miembros, y como una ayuda a ser compartida con cualquier persona de buena voluntad que se sienta identificada. En ese momento, el impulso del Sínodo Amazónico como voz de la periferia que ilumina al centro será, aún más, un aporte esencial para que los planteamientos de la encíclica Laudato Si sigan actuantes y vigentes en la Amazonía, y mucho más allá de ella, por lo dicho anteriormente. 

 

No es un secreto que muchísimos creyentes no consideran que el cuidado de la casa común sea un elemento inherente a su identidad como miembros de esta Iglesia. Ante ello, es imperativo cambiar esta situación.

 

Creer y cuidar

El creyente del tiempo presente, para ser genuinamente seguidor de Cristo, debe asumir un compromiso real y creíble sobre el cuidado de la casa común en obras y palabras. Dios lo ha creado todo para que tengamos vida y vida en abundancia, y cuando se pone en riesgo nuestro planeta, su diversidad, y el propio futuro de la humanidad, el de los ecosistemas, de otros seres vivos y, sobre todo, el de los hermanos y hermanas más afectados por los efectos actuales de nuestro modelo de sociedad sobre su entorno y la continuidad de sus vidas, es imposible no reconocer nuestra responsabilidad para actuar en coherencia con el llamado del evangelio de Jesús. La fe en Cristo debe, necesariamente, estar asociada al cuidado de la vida y a garantizar la continuidad de esta en el planeta, siempre con una mirada prioritaria sobre los más vulnerables en clave de justicia socioambiental, y reconociendo a la tierra como verdadera hermana y madre. La tierra es origen y sustento de nuestra vida, y por tanto el sitio en donde acontece la Encarnación. 

 

Dicho esto, la encíclica Laudato Si es, por tanto, uno de los documentos contemporáneos más importantes para la Iglesia, y para la sociedad entera. Sin embargo, corre el riesgo de reducirse a un texto que a pesar de su relevancia incomparable caiga en el olvido, se asocie exclusivamente con aquellos que ya tienen un compromiso o sensibilidad en este ámbito, o sea considerado de menor valor en nuestro magisterio incluso cuando hace parte del corpus de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

No se puede ser miembro de la Iglesia católica hoy y no asumir la encíclica Laudato Si como un referente vital sobre nuestra propia identidad y modo de estar en el mundo. A Cristo lo crucifican hoy cuando se mata la posibilidad de vida en nuestro planeta, y cuando asesinan a mujeres y hombres defensores de la naturaleza, de sus culturas y territorios, por intereses materiales mezquinos asociados al deseo de acumulación de muy pocos.    

 

Lo cierto es que cuando vemos los datos existentes de las más importantes instancias intergubernamentales, de los más reconocidos paneles de científicos multidisciplinarios sobre el tema ambiental, y viendo la compleja situación socioambiental de nuestro día con día, la cual sigue agravándose por nuestra inacción o por la debilidad de nuestra respuesta, no podemos sino asumir que hemos alcanzado y superado los límites de la razón tecnocrática ante la llegada “del tiempo del mundo finito”, como dice Serge Latouche. 

 

Hay consenso prácticamente absoluto de parte de los más relevantes grupos de investigación sobre esto, así que no hace falta detenernos en estos detalles que serán desarrollados más adelante en los otros artículos. Lo cierto es que, además de una respuesta desde los organismos internacionales y de los gobiernos sobre los mínimos no negociables, necesitamos de una perspectiva ético-moral global sobre el cuidado de la casa común ante la incapacidad de nuestra comunidad planetaria de reconocer los límites de nuestro modelo de sociedad de consumo. 

 

Causas estructurales de la crisis ambiental

En ese sentido me gustaría tomar los “rasgos característicos de la cosmología social occidental” y los “rasgos característicos de la estructura social occidental” de Johan Galtung, para identificar, más allá de los diagnósticos, las causas estructurales de esta crisis ambiental asociada a una globalización sin límites y a una “cultura del descarte”:

 

  • Una concepción occidental centrista y universalista del espacio.
  • Una concepción lineal del tiempo, centrada en el presente.
  • Una concepción analítica, más que holística de la epistemología.
  • Una concepción de las relaciones humanas en términos de dominación.
  • División del trabajo vertical y centralizada.
  • Condicionamiento de la periferia por el centro.
  • Marginación: división social entre el afuera y el adentro.
  • Fragmentación: atomización de los individuos dentro de los grupos.
  • Segmentación: división dentro de los individuos.

 

La opción de la Iglesia ante esta situación está expresada bella y contundentemente en la encíclica Laudato Si, antes referida, y se puede comprender sobre todo con esta afirmación:

Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. (Laudato Si. No. 11)

 

Tres claves de lectura

En este sentido, es necesario hacer una lectura personal, comunitaria y societal de esta encíclica desde tres perspectivas que nos ayuden a preguntarnos qué tan en serio nos tomamos este llamado:

 

  • Metanoia. Llamado a una transformación profunda y radical del corazón. Es decir, un cambio serio y determinante, que me mueva a ser y a hacer desde una mirada distinta sobre mí mismo. Asumir el cambio hacia el cuidado de nuestra casa común y de todos los que en ella viven, significa repensar y replantear todo nuestro esquema de vida comenzando con esta conversión personal. 
  • Alteridad. Esta palabra significa encontrar el sentido de la propia vida, incluso sobre mi propio misterio, a partir de los ojos y la existencia del otro. Mi esencia está fuertemente determinada por la capacidad de reconocer el misterio de la vida que me plenifica en la medida en que me reconozco más allá de mí mismo, y en los ojos de los otros. Y en ese sentido, Laudato Si nos llama a dar un paso más al reconocer a la hermana-madre tierra como otra con quien tenemos una relación de interdependencia y del cual provenimos. 
  • Parresía. Significa el atrevimiento de entregarse, de hablar, y de actuar con coraje. Se trata de tener la valentía de hacer posible lo necesario ante esta crisis climática que sigue empeorando. Necesitamos preguntarnos si tenemos el valor de pasar del cambio interior, y del reconocimiento del otro-a, para llegar a una disposición por gastar la vida y entregarla por un anhelo y horizonte mayor al propio y ser un sujeto actuante u transformador de esta situación aún con las consecuencias que esto pueda tener.

 

Lecciones del Sínodo

El Sínodo Amazónico ha sido en buena medida el resultado de las intuiciones presentes en Laudato Si, pero es, asimismo, consecuencia de un largo proceso histórico y eclesiológico que incorpora estas tres perspectivas: metanoia, alteridad y parresía, y que nos plantea una serie de desafíos o posibilidades que han de ser desarrolladas en el tiempo en lo que reconocemos como un verdadero kairós, es decir, un tiempo propicio, uno que no podemos sujetar, controlar o medir, y ante el cual somos invitados a entrar en las aguas de este Sínodo y navegar al ritmo del Espíritu, actuando y trabajando incansablemente ante la crisis socioambiental tan urgente y crítica de la Amazonía y de sus pueblos, y de todo el planeta, siguiendo las principales lecciones que este Sínodo nos deja con relación a la Encíclica Laudato Si:

  • La experiencia de conversión, es decir, el ser transformados por y hacia la Amazonía como territorio vivo y diverso, y por y hacia sus pueblos y comunidades, es al mismo tiempo la manera en que Dios mismo nos va mostrando el camino por el cual debemos ir como Iglesia al servicio de la vida a la luz de las orientaciones de la Doctrina Social en la encíclica Laudato Si. Confiar en que Dios camina con nosotros, que está y ha estado presente en este proceso, y nos invita a ser verdaderos co-creadores de nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral.
  • Este Sínodo es ya una experiencia inédita de caminar juntos y ha transformado a la Iglesia desde los dones de la periferia, antes considerada indeseable, que llegan al centro ayudándole en su propio proceso permanente de reforma en marcha. Una conversión real liderada por el papa Francisco y que hoy es irrenunciable, para ser más una Iglesia en salida, que dialoga con los otros diversos en un plano de respeto e igualdad, una que se afirma como una voz ética, mártir y profética ante la crisis socioambiental sin precedentes, y que toma posición como el propio Jesús al lado de los que han sido considerados descartables y que hoy ilustran los nuevos caminos. 
  • Los testimonios de innumerables mujeres y hombres mártires de la Amazonía que muestran la fuerza viva del camino de entrega para ser semillas que se siembran en el corazón de los pueblos, en la opción por la justicia, y siendo vida y vida en abundancia para ellos. En este mismo sentido, tantos profetas, los conocidos y los anónimos/as, que han entregado su vida y que la entregan desde sus opciones particulares, institucionales, en red, y desde su ser laicos/as, misioneros/as, religiosos/as, sacerdotes, obispos, y tantos más que han abierto el corazón para dar vida a este proceso sinodal y para encarnar las orientaciones de Laudato Si, siendo muchas veces cuestionados, criticados, desacreditados y hasta calumniados por asumir esta opción.
  • La vida de los pueblos indígenas en general, y de las mujeres en particular, que han dado un tono totalmente diferente, más vivo, renovado, y valiente a este Sínodo, proyectando los elementos de la ecología integral presentes en Laudato Si. Su claridad, el testimonio de sus vidas, su conexión espiritual con la Amazonía, y el grito valiente hacia un cambio ya, pidiendo que la Iglesia sea su  aliada y que respondamos más allá de las diferencias ante la emergencia climática, han dejado una huella imborrable en este Sínodo que ha tenido voz de mujer, con rostro intercultural.  
  • Y, sobre todo, saber que el Sínodo es un proceso en marcha y de largo aliento, que implica seguir aprendiendo de los pueblos y comunidades, haciendo una opción inculturada e inter-cultural con ellos/as, sabiendo que el mejor vino aún está por venir. Es el vino nuevo que requiere de odres nuevos para poder madurar poco a poco y saber que el reino y la posibilidad de otro mundo está ahí, que debemos luchar por ello, y que la muerte no tiene, ni tendrá nunca la última palabra. Debemos descubrir en los pueblos amazónicos, con sus propias fragilidades, las enseñanzas para un posible camino nuevo hacia el buen vivir y hacia una relación más armónica con el todo, con el cosmos.

 

Texto original publicado en la Revista Ibero No. 66, febrero – marzo del 2020. “Salvar la Casa Común”. 6 de febrero de 2020. 

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