Huaycos y la responsabilidad del Estado
Por: Felipe Zegarra R. (*).- Hace ya varios meses que algunas voces anunciaron la posibilidad de un Fenómeno de El Niño. El clima en la cercanía oriental de Lima ya era extraño a principios de febrero. Poco después, llegaron los primeros ‘pequeños huaycos’ en los alrededores de Chosica y, poco a poco, en diversas zonas del país.
Cuando el calor se acentuó anormalmente en la segunda decena de marzo, desde organismos del Estado se anunció que habría un ‘Niño’ suave.
Pero, pese a la realización reciente de la COP 20 y al evidente cambio climático, nada se previó, al menos en la provincia de Lima; un claro ejemplo es el de las vías de comunicación entre la capital y los centros productores de alimentos.
No sólo falto previsión, sino que muchas familias ocuparon los cauces secos por donde, en años anteriores, habían pasado los huaycos. Esto es algo que se puede criticar, pero ciertamente está ligado a la combinación de tres factores: (1) muchos han conservado o reconstruido sus casas o parte de ellas en esos cauces; (2) se trata, por lo general, de familias pobres o muy pobres; y (3) ninguna autoridad estatal se preocupó de poner límites a esas ocupaciones.
El punto capital es el de la pobreza. Y desde el punto de vista del cristianismo que, a pesar de los cambios producidos en las últimas décadas, profesa públicamente alrededor del 90% de la población, la opción preferencial por los pobres es algo medular. No hay modo de callar la proclama de Jesús: “El Espíritu Santo está sobre mí… él me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lucas 4,16-21). Y no se trata de gestos aislados que favorecen a individuos, sino también de algo que debería comprometer –por lo menos- a ese gran sector que en los censos manifiesta su adhesión a las iglesias.
Frente a problemas como el antes señalado (‘El Niño’, huaycos, destrucción), la sociedad organizada había ido tomando medidas lamentablemente aisladas, lo que muestra su debilidad.
Pero la responsabilidad de la previsión ante desastres –y se anticipa la posibilidad de terremotos y tsunamis, con efectos devastadores- corresponde sobre todo al Estado. Gobernar debe ser ponerse al servicio de las personas. Y a los organismos estatales les toca priorizar racional y humanamente.
En la década anterior la economía del país ha crecido mucho, y ese crecimiento y los programas sociales han disminuido en algo la pobreza y la extrema pobreza, al menos transitoriamente (pues si las medidas no son las precisas, la posibilidad de retorno a la pobreza es grande).
Pero también ha crecido –y mucho- la distancia entre los sectores de altos ingresos y los salarios, formales e informales. Se habla mucho de la inversión, y se vocea que estamos listos para pasar al grupo de los países más altamente desarrollados. Desde la situación de las mayorías, se trata de anuncios y promesas carentes de realismo. Por el contrario, vivimos en plena “cultura del descarte”, como dice el Papa Francisco.
En la historia de la República, los hechos de corrupción son reiterativos, como lo mostró Alfonso Quiroz, historiador tempranamente fallecido. Pero se torna cada vez más frecuente y extrema. Y ella se expresa también en la improvisación y la negligencia para enfrentar los problemas de las mayorías pobres de la población.
Poco hace que se empezó a hablar de “discriminación positiva”, para equilibrar desigualdades (“con tal de que no toquen mis ingresos”, gritan algunos, ellos sí muy organizados) y algunas tímidas “acciones afirmativas”. No existe, pese a algunas propuestas aisladas, una afectiva redistribución. Y las priorizaciones no toman en cuenta a los sectores más vulnerables. Sus derechos son desconocidos: no interesan.
Desearía –quizá ilusamente- que los desastres en curso modifiquen las actitudes y medidas de los altos responsables, en los niveles locales, regionales y nacionales. Hechos como los que evitaron desgracias a los pobladores de Trujillo entre febrero y marzo del 1925 (Los aguaceros de Trujillo, Samuel Hooker N., 1995), podrían ser un estímulo para los mayores responsables.
* Sacerdote y teólogo
Fuente: larepublica.pe