Lima climótica: El escenario de la COP 20
Lima es una ciudad de tiempo plano. El sol es el ausente habitual en casi todas las estaciones. Entre su invierno y verano hay apenas 15 grados Celsius de diferencia. La humedad es constante. El polvo, también. Es una urbe sin tormentas, ni nieve. Ni siquiera de lluvias intensas. Su río no es navegable. En estiaje casi desaparece. Rodeado de cerros marrones y arenas, el principal contraste lo encontramos en su costa fría y mar azul, así como en sus ligeros valles menguantes.
La capital del Perú será la sede de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de la Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. La COP 20. Por dos semanas concentrará las angustias de científicos –una aplastante mayoría– y activistas por el aumento promedio de la temperatura global. Fenómeno que cada día es más evidente. Deshielo, glaciares perdidos. Huracanes, sequías, inundaciones. Pero también reunirá los intereses que encarnaran los políticos de los países participantes.
La reducción de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, causa humana del cambio climático, está ligada a la economía. Cualquier compromiso que asuman los estados implicará medidas que influirán en la estructura productiva de las naciones. Los gobernantes tienen sobre sus hombros exigencias muy concretas de sus ciudadanos por generar fuentes de empleo. Esto lo traducen en tasas de crecimiento económico.
Miremos el caso de China. Su despegue productivo ha sido una de las principales razones del aumento de los precios de los minerales. Factor que a su vez ha permitido que nuestro país pase por un período de bonanza con pocos antecedentes en nuestra historia. A nuestros gobernantes les interesa que la República Popular China no se detenga. Pero el gigante asiático es también el país que más contribuye a las emisiones globales. Aunque el consumo de cada ciudadano chino es apenas un tercio del que corresponde a su par estadounidense, la fuerza del número aplasta. Gran parte de la energía necesaria para avanzar proviene del carbón. Dos plantas termoeléctricas que usan dicho combustible son inauguradas cada semana. Beijing enfrenta periódicamente episodios de contaminación atmosférica intensa. La concentración de material particulado –polvo, cenizas, hollín- menor a 2,5 micras de diámetro llega a ser quince veces superior a lo considerado seguro por la Organización Mundial de la Salud –OMS. Sin embargo, el objetivo de China es no parar.
Hace poco, el presidente Barack Obama –líder del segundo país emisor global– y su homólogo chino, Xi Jinping, hicieron anuncios claves. EE.UU. asumiría el compromiso de bajar sus niveles de emisión en el 2025 entre un 26% y 28% de los niveles que tenía dicho país en el 2005. Por su parte, China considera que sus emisiones seguirán subiendo, hasta el 2030 –o quizá antes–. Aunque el Presidente Xi no indicó meta específica alguna, sí señaló que en dicha fecha un 20 por ciento de la energía producida en China provendría de fuentes limpias y renovables. ¿Por qué esto es importante? Porque abre una puerta a la negociación. Pequeña aún, pero lo suficientemente importante para hacer viable un acuerdo climático global de alcance universal.
¿Y el Perú? Nuestras emisiones son marginales. La degradación forestal es el sector que más contribuye. No obstante, existen importantes oportunidades para hacer más eficiente nuestra estructura productiva y de servicios. Eso, más allá de la reducción de gases de efecto invernadero, representa mejoras ambientales locales significativas, por ejemplo, generando una mejora de la calidad del aire urbano. La cuestión para un país como el nuestro, y para buena parte de los países menos desarrollados que son a su vez vulnerables, es cómo adaptarse satisfactoriamente a las nuevas condiciones climáticas.
La pérdida del 40% de los glaciares que teníamos en el año 1970, la aparición de eventos climáticos extremos, sequías, lluvias torrenciales, inundaciones, el impacto sobre la agricultura y la pesca, la presencia más severa y frecuente del Fenómeno El Niño, son parte de nuestros escenarios de cambio climático. Ellos tendrán consecuencias directas sobre la vida de la gente, afectando su vida, su salud, su acceso al agua, su seguridad alimentaria, entre otros bienes. La adaptación es, por lo tanto, urgente. Pero también implica desviar parte de los escasos fondos de los cuales disponen los países pobres. Por ello, parte de la negociación busca que los países responsables de las mayores emisiones también sean quienes provean el financiamiento para las acciones de adaptación.
Construir una estructura institucional para la adaptación al cambio climático para reducir sus efectos negativos, aún si llegaran los recursos suficientes, no es una tarea simple. El Estado aún enfrenta fuertes limitaciones para implementar los objetivos de adaptación. En particular porque gran parte de la economía es informal –e incluso delictiva–, por la ausencia de una institucionalidad orientada a la planificación, en particular la de naturaleza territorial, y porque el ciclo electoral tampoco genera muchos incentivos para adoptar decisiones cuyos efectos serán visibles en décadas.
Más allá de los resultados, esperamos positivos, de la COP 20, el Perú necesita construir una política climática sólida. La mitigación –promoviendo una economía verde– y la adaptación tienen suficiente fundamento en los beneficios que ofrecerán a escala local. Pero, sin un acuerdo global que evite que la temperatura del mundo se eleve en 2 grados Celsius, la severidad del cambio climático puede ser tan grande que sobrepase las limitadas capacidades de nuestra sociedad, economía y Estado. Por eso, el tiempo de Lima no podrá ser plano, sino de ruptura. Un moderado optimismo hace que los limeños y limeñas siempre esperen un poco de sol.
(Fuente: Blog Defensoría del Pueblo)