Amoris Laetitia: La misericordia abriendo puertas
La exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia fue presentada este 8 de abril por los cardenales Lorenzo Baldisseri (secretario General del Sínodo de los Obispos) y Christoph Schönborn, O.P. (Arzobispo de Viena) en la Sala Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.
Hasta el momento muchas opiniones se han vertido acerca de este documento, desde las más entusiastas respecto a su apertura hasta las más pesimistas que afirman que el papa no ha dicho nada nuevo. Sin embargo, creo que la exhortación debe ser leída con misericordia y como pide el mismo Francisco “no recomiendo una lectura general apresurada” (AL7) es necesario que se haga una lectura paciente y profunda, parte por parte para ser mejor aprovechada.
La exhortación es un ejemplo – como afirma el Cardenal Schönborn- de “desarrollo orgánico de la doctrina” “hay innovación y continuidad”. Continuidad porque el papa no ha cambiado la doctrina sobre la familia solo la ha profundizado, innovación porque ha abierto la puerta para dialogar sobre cuestiones como “las parejas de hecho, la homosexualidad y los divorciados vueltos a casar civilmente”, hechos que estaban considerados cerrados para la discusión. Otro punto de innovación es la insistencia respecto a los cambios a nivel pastoral, en este sentido el Papa es categórico desde el comienzo “quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales” y continua “en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella” (AL3)
Acompañar con misericordia
El Papa nos recuerda que la Palabra de Dios es “como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor” (AL22). Basados en ello la Iglesia debe ser compañera eficaz de las familias en todas las circunstancias que estas viven.
Francisco hace una autocrítica respecto al acompañamiento que ha hecho la Iglesia a las familias en tiempos tan difíciles “durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos suficientemente a las familias…” (37). Además la Iglesia no ha sabido mostrar a la familia como testigos de la “alegría del amor” más que como “un peso que soportar toda la vida”.
El Papa insiste en una pastoral del vínculo y en una pedagogía del amor, debe ser una pastoral familiar “fundamentalmente misionera, en salida, en cercanía, en lugar de reducirse a ser una fábrica de cursos a los que pocos asisten” (230).
Es deber de la Iglesia acompañar preferencialmente a las familias que pasan crisis o que sufren dolor, “…acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza…” (291).
Este acompañamiento de la Iglesia a la familia debe aspirar a una “verdadera conversión misionera” (201) donde se muestre al mundo que el Evangelio de la familia es la transmisión dela amor y la alegría que “llena el corazón y la vida entera”.
Discernir con misericordia
Francisco llama a un saludable y responsable discernimiento personal y pastoral en las cuestionas que están en diálogo. El Papa pide que no olvidemos que la Iglesia “está llamada a formar consciencias, pero no a pretender sustituirlas” (37). Los pastores deben acompañar el discernimiento de las personas, recordando que cada caso implica un discernimiento diferente de acuerdo a la situación concreta que se vive, por eso, dice Francisco “no se podía esperar de este Sínodo ni de esta exhortación, una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable para todos los casos” (300)
Pide que se discierna “cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional puedan ser superadas” (299). El Papa insiste que no es suficiente verificar que una persona cumplió o no con una norma general, hay que ir a lo concreto, a la situación personal. “Un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones “irregulares”, como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas” (305).
El discernimiento pastoral debe ser hecho con misericordia que se incline a comprender, perdonar, acompañar, a esperar y sobre todo a integrar. El Papa insiste en que “hay que evitar juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición” (296),
La Iglesia debe, a ejemplo de Jesús, hacer una mirada misericordiosa, con amor y paciencia, sin falsos juzgamientos, con disposición al perdón “a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales’” (312) porque “la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita” (296)
Integrar con misericordia
La exhortación promueve a “ser bienvenidos” todos aquellos que se han sentido alejados o excluidos de alguna manera por la Iglesia. El Papa anima a que todos sean integrados, la iglesia debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad, para ser sujeto y objeto de misericordia.
Las parejas que viven en uniones de hecho deben ser integradas a la comunidad de maneras creativas y en espacios diversos para acompañarlas si es posible hasta el momento del matrimonio. Acompañar a las familias que tienen hijos homosexuales, es categórico al afirmar que “toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta” y que las personas con esta tendencia “puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida”.
Respecto a las parejas divorciadas vueltas a casar insiste en que deben ser revisados los casos concretos y debe realizarse un discernimiento pastoral misericordioso, incluso muchas veces puede necesitar el “auxilio de los sacramentos” (nota 351) porque se tiene que considerar que “el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos” (300) por lo tanto “las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas” (300).
La lógica de la iglesia es la lógica de la integración, “Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren” (297).
A modo de conclusión
La enseñanza sobre el matrimonio y la familia que propone el Papa debe inspirarse en el anuncio del amor y la ternura “para no convertirse en una mera defensa de una doctrina fría y sin vida”. La doctrina de la Iglesia debe basarse siempre en la luz sanadora del Evangelio que -como dice el Papa – “algunos quieren “adoctrinarlo, convertirlo en “piezas muertas para lanzarlas contra los demás” (49).
La insistencia de Francisco es recordar que la Iglesia está para sanar, no para condenar por eso pide a los pastores que además de la enseñanza de la doctrina también ayuden a las personas a “asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes” (308) ya que el mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos.
Finalmente, Francisco insiste en que no vaciemos a la misericordia de su “sentido concreto y significación real” poniéndole tantas condiciones y que dejemos de comportarnos como “controladores de la gracia” y seamos más bien “facilitadores” de la misma. Como hermanos que abrimos la puerta a todo aquel que la encuentra cerrada, al ejemplo de Jesús que en su tiempo “abrió el reino de Dios” para todos aquellos a los que se les había cerrado “por la fuerza de la ley”. Nos anima a presentar el amor de Dios, como es, con una profundidad sin límites, siempre dispuesto a recibir a todos, pero además de una prioridad inconfundible por la debilidad y vulnerabilidad humanas en todos los aspectos de la vida. (Por Jeshira Castro, profesora de la Universidad Católica de Santa María)
Publicado en la Revista Signos – IBC