Informe sobre la salud mental en el Peró
En el Perú actual la gran mayoría se atiende en el servicio público de salud pero ocurre algo increíble: el MINSA no tiene información consistente y organizada sobre la salud mental del país; es decir, no sabe a ciencia cierta qué nos pasa. ¿Por qué? Por decisión política: pese a que el presupuesto para el sector salud viene aumentando, casi nada extra se destina a la salud mental, que se mantiene en el famélico 2-3% de siempre (y es gasto, sobre todo, en los tres hospitales de Lima).
NECESIDAD DE CAMBIOS URGENTES
La Defensoría del Pueblo calcula que se necesitarían 800 millones de soles y sin embargo reciben 70. Ahora, aunque es verdad –y sepámoslo– que el SIS cubre cualquier tratamiento de salud mental, incluso el internamiento si fuera necesario, el esfuerzo es válido pero insuficiente. Pasan los años y no ocurre nada significativo, u ocurre muy poco, que es lo mismo que nada en términos prácticos. Sólo veamos: de los 9,000 centros hospitalarios del país, apenas 21 reciben casos de salud mental, y el déficit de especialistas es enorme: 700 psiquiatras y 1500 psicólogos no se dan abasto. Tenemos a más de 900 mil peruanos que necesitan atención pero no la reciben, cosa gravísima porque profundiza y alarga el sufrimiento de la gente, además del de la familia, que no sabe cómo ayudar a su ser querido. Sin voluntad política para reformar, regular e implementar no se producirán cambios. Cambios como, por ejemplo, que a pesar de saber de la existencia de aproximadamente 400 centros de rehabilitación para usuarios químico-dependientes, sólo 47 están formalizados. El resto es informal, o sea, no se sabe qué pasa allá adentro, ni con los pacientes, ni qué método se usa ni quiénes son los que atienden. Una imagen terrorífica.
PAÍS EN CONFLICTO VS. MEJOR CALIDAD DE VIDA
A la negligencia y desatención del Estado sumémosle que la convivencia en el país no es fácil, lo normal es la convulsión y no la apacible calma que se promociona: dictaduras, conflicto armado interno, represión, redes de corrupción, protestas sociales, abusos políticos y empresariales, manifestantes muertos, y una nueva clase media tan frágil que sólo se considera nueva para efectos mediáticos. La gente que vive con muchas cosas en riesgo tiene demasiado que perder; muy temprano para cantar victoria. En un país así parece lógico que la depresión sea el principal problema de salud mental, y que la ansiedad, el pánico, la dependencia, estén bien seguiditas. Esto coincide con la experiencia de dolor psicológico, la sensación de vacío y de no tener el control de la vida, que tanto se escucha en los consultorios. El suicidio sigue siendo la cuarta causa de muerte violenta en Lima. Algo nos debe decir esta problemática. Quizás que muchos peruanos viven sumergidos en tristezas muy hondas por largo tiempo, sin poder vivir su vida o viviéndola en automático, angustiados, entrando en pánico, sin tener opciones para tratarse y sin saber dónde está la ayuda. Que viven pero sin ver cómo sanar esas grietas del alma, que sin atención se abren, que se agravan, algunas resisten, aparecen nuevas, y que a fuerza de permanecer, de no atenderse, terminan venciendo a un puñado de gente, los que finalmente realizarán el deseo de salirse de este mundo. Una realidad muy dura y un precio demasiado alto para un pueblo que pelea por más calidad de vida. Esta aparente contradicción puede seguirse en un debate.
Fuente: bartoloopina.bcasas.org.pe