Intenciones del Papa para el mes de noviembre
«Para que las personas que sufren la soledad sientan la cercanía de Dios y el apoyo de los hermanos»
Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un «extranjero» en un universo que se ha formado por casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un Fundamento [125].
Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas [126]. Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro [127]. (BENEDICTO XVI, “Caritatis in veritate”, 2009)
La soledad se ha convertido en una enfermedad importante de nuestra sociedad actual. Quizá sean la competitividad y la rivalidad que han invadido nuestras vidas en los tiempos modernos, las que han creado en nosotros una conciencia de nuestra soledad o aislamiento.
El estilo cristiano de vida no siempre rechaza la soledad; al contrario, muchas veces la abraza como un don precioso porque, como lo indica el Papa en su intención universal, esa soledad puede llegar a convertirse en una forma de acercarse a Dios.
Es verdad que toda separación de la compañía humana puede resultar muy penosa. Solamente Jesucristo puede contrarrestar los poderes del mal que nos atacan tan convincentemente. Si guardamos los ojos de nuestra mente y corazón centrados en Jesús, sentiremos gradualmente su presencia desde lo más profundo de nuestro ser. Y será entonces cuando podremos enfrentarnos a nuestra naturaleza vulnerable y salir victoriosos de cualquier temor o soledad.
Cuando una persona se siente totalmente reconocida y bienvenida, y libre para acercarse o alejarse, solo entonces sabrá que no tiene que huir o deshacerse de sus temores de soledad; le bastará con movilizar esas ansiedades para buscar otras formas creativas de nueva vida. Y así, con la ayuda de la oración y otras personas, los temores de la soledad no serán rechazados sino reconocidos y aceptados, abriéndose a nuevas formas de sabiduría y esperanza (Resumen del texto elaborado por P. Raymond Pace, SJ)