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Mensaje de Mons. Carlos Castillo Mattasoglio. Arzobispo de Lima
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1)  El camino desde san Lázaro y su sentido

 

Hemos llegado a esta Catedral desde San Lázaro por el Jirón Trujillo, el camino de los desamparados, y hemos pasado a la otra orilla, como lo hizo Toribio de Mogrovejo, y cargando sus santos restos.

 

Lo hemos hecho recordando, en el sentido literal de esta palabra, es decir, volviendo a poner en el corazón, lo que somos desde nuestros orígenes: somos el pueblo limo, pueblo creyente que sólo puede existir como tal si emprende todo, se enraíza y se funda siempre en Jesús, que se hizo pobre, y que en los pobres de la Lima del siglo XVI y XVII, en especial las poblaciones Amancaes, los indios camaroneros, y los leprosos del barrio de San Lázaro, tuvo su principal punto de referencia.

 

Siempre la frivolidad de nuestra rica ciudad, centro del Virreinato y exportadora del mineral de Potosí, Cerro de Pasco y Quives, fue tentada de vivir indiferente y ufanarse de su riqueza ante el sufrimiento humano. Toribio op no solo por entrar en ella desde los pobres, sino también por salir de ella hacia las periferias pobres y dejar la capital para convertir la periferia en el centro de su sede. Lo recordó nuestro querido, Papa Francisco: Toribio actuó siempre mirando hacia la otra orilla”, no a su escritorio, sino desde la “oreja arzobispal”.

 

Luego de Toribio la tradición se mantuvo. El 23 de abril 1758, en la reinauguración del templo de San Lázaro, después del terremoto de 1746, ante el valeroso Conde de Superunda y de la alta aristocracia limeña, el padre jesuita, Juan nchez, pasando por encima de las presiones y pretensiones que algunos tenían de separar dicha iglesia del leprosorio, por buscar un culto más puro, manifestó con toda autoridad:

 

“Si, alma santa, Cristo te convida al Hospital, para recibir entre los enfermos las pruebas más eficaces de tu fineza; porque no necesitando en su Persona de los cultos que se le consagran en el templo, necesita en sus miembros de los socorros que se le hacen en el Hospital. Pues si en el templo ocupa la majestad de un solio, en el Hospital es un Dios doliente, que yace en los desaliños de un lecho. Si en el templo es un Dios cercado de gloria, en el Hospital es un Dios penetrado de angustias. Si en el templo es un Dios que recibe adoraciones, en el Hospital es un Dios que padece tormentos. Si en el templo es un Dios que reparte mercedes, en el Hospital es un Dios que mendiga limosnas. ¡Oh Dios, mendigo en los hospitales! Ya no me admira, quieras ser más hallado en el Hospital, que en el templopues esa necesidad que padeces en el Hospital, y no padeces en el templo, te obliga a desear más los socorros que se hacen en el Hospital, que las ofrendas que se consagran en el templo.

 

Estas palabras llegan hoy a nosotros, que, caminando con el pueblo, hemos venido a esta ordenación para salir de aquí hacia esos millones de hospitales, que son los intentos callejeros de nuestro pueblo por sobrevivir allí, en las calles de Lima, en las casas maltrechas  de nuestro pobres barrios, en el peligro de sus plazas, y en las esperanzas de sus puestos de vendedores ambulantes y canillitas, en las camas de cartón de los huéspedes nocturnos de nuestras veredas, en las latas pateadas por miles de jóvenes sin trabajo y sin estudios, en las nuevas poblaciones amazónicas que habitan nuestra ciudad, y tantos y tantas otros maltratados y marginados, desconocidos para muchos. Allí están los Cristos sufrientes que creen y luchan, que nos llaman a construir con ellos esa Iglesia “hospital de campaña, que es capaz de alentar y acompañar su camino de superación, y nos hace participar a todos en la curación de sus heridas, en el enjugar sus lágrimas, alegrarnos con sus alegrías y danzas, participar de sus conversaciones nocturnas, porque quiere ser en verdad, aquí en Lima, una Iglesia cercana y amiga.

 

Esta es la iglesia que el papa Francisco nos encargó forjar en el corazón de la ciudad, cuando nos dijo:

Jesús camina en la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción… Llama a sus dispulos y los invita a ir con Él a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban p

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